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martes, 23 de mayo de 2017

Culpar a los demás

Hace algunos años, un anuncio de televisión mostraba a varios niños sentados en una mesita ante una caja de rosquillas prohibidas. Uno de ellos se comía traviesamente (ante el pasmo y la risa de los demás) uno de esos dulces y, al volver el adulto que les había dicho explícitamente que no se los comieran, el rebelde acusaba inmediatamente a otra niña: "¡Ha sido ella!" Es la defensa psicológica más antigua y generalizada del ser humano. "¡Yo no he sido"! Esta es la base de innumerables trastornos psicológicos, de pareja y sociales. "El culpable eres tú, el otro, los demás". ¿Pero nosotros tenemos  alguna parte de responsabilidad en nuestros problemas? ¡No! ¡Nunca! ¿Por qué tantas personas son así?

En nuestro desarrollo psicoafectivo ya desde bebés, una de las primeras defensas que adquirimos  contra el dolor y la culpa es la acusación. Porque si YO no puedo soportar algo, si no consigo dejar de sentirlo (reprimirlo) exitosamente, la prioridad más urgente es entonces negarlo, expulsar fuera de mí ese dolor, sentir que ese malestar no es mío. Y si no es mío, ¿de quién puede ser? Pues tuyo, de alguien, de quien sea. De cualquiera que esté a mi alcance. Y si no existe... también puedo inventármelo.

Por ejemplo, puedo acusar  a Dios, que me castiga. O al demonio, que me atormenta. O a mi pareja, que es egoísta y no me entiende. O a los políticos, que todos son decepcionantes y corruptos. O los genes, que todo lo "controlan". O a ciertas invisibles "energías", que me poseen, etc. A cualquier cosa imaginable, excepto a mi propia parte (o a veces totalidad) de responsabilidad en aquello que me está doliendo. En psicología llamamos a todo esto proyección. Es decir, expulsión de nuestro dolor contra los demás. Es la psicodinámica característica de todos los procesos  paranoicos.

Cuanto más infantiles y narcisistas somos, más paranoicos somos. Cuanto más hemos sufrido en la infancia y más débil es por tanto nuestra personalidad (sólo habría podido fortalecerse en una familia amorosa), más acusadores nos volvemos. Porque estamos tan heridos que no soportamos ni un solo golpe más, por pequeño que sea. Y para defendernos, ponemos preventivamente nuestro "ventilador" de acusaciones. Culpamos a todo el mundo de  lo que nos ocurre, incluso de nuestros propios errores. Lo hacemos inconscientemente o incluso también dándonos cuenta. Pero lo cierto es que esta paranoia permanente, que sí nos fue útil para sobrevivir en la infancia, se convierte en una coraza que nos impide asumir nuestras responsabilidades, desarrollar autoconciencia, autocrítica, ambas cosas imprescindibles para solucionar nuestros problemas.

Por ejemplo, en vez de atacar una y otra vez a tu pareja, ¿por qué no asumes, poco a poco, tus miedos y te separas de ella? En vez de despreciar al otro sexo, ¿por qué no eliges mejor a tus parejas o resuelves los rencores de tu personalidad? En vez de odiar a tus opositores políticos o ideológicos, ¿por qué no admites tus propios egoísmos y corruptelas? En lugar de echar la culpa a cosas invisibles (dioses, genes, neuronas, enemigos, mala suerte, Murphy, incluso a tu penosa infancia que no quieres trabajar), ¿por qué no te concentras en ti, en crecer, en hacer con tu vida lo mejor que puedas?

Los yoes débiles (maltratados, desamados e inmaduros) proyectan, acusan, vomitan sobre los demás porque no pueden soportar las cargas de la vida, los conflictos de cualquier relación, ni siquiera los suyos propios, y tampoco pueden aprender y prever las consecuencias de sus actos. Sólo pueden ¡lamentablemente! defenderse. Los yoes fuertes (personas amadas y maduras, con terapia o sin ella), en cambio, conciencian, comprenden, asumen, se responsabilizan, solucionan sus problemas sin acusaciones ni victimismos. Sin paranoias. Saben que sólo atreviéndose a mirar en su interior, afrontando su propia sombra, lograrán ser más felices.

4 comentarios :

  1. Esto que expones supongo que ha existido siempre pero me da la sensación de que estamos viviendo un "pico" en nuestros días. Considero que vivimos en una sociedad cada vez más infantilizada donde la asunción de responsabilidades queda cada vez más lejos.

    Tu texto me recuerda, por ejemplo, al tremendo victimismo feminista que, más fuerte que nunca, endosa sus frustraciones o problemas no resueltos al otro sexo, culpándolo de continuo ante cualquier bache en la vida cotidiana.
    También me recuerda a esa parte de la población que dedica su día a día a batallar en términos políticos con aquellos de ideología distinta, culpándolos de todas sus desgracias y entrando en una espiral de odio que solo aplacan con su "descarga" diaria de bilis.

    Y esto son solo dos ejemplos, hay muchos más.

    Y es que nadie está a salvo; creo que casi todos en algún momento de nuestras vidas hemos achacado a alguien nuestros problemas, fijando el objetivo en una presa muchas veces demasiado fácil.

    Solamente conocerse a uno mismo y asumir responsabilidades acaba con ello y, como vamos descubriendo los que estamos aprendiendo, esos problemas, poco a poco y de manera sorprendente, se van solucionando.

    Muchas gracias por el texto.

    Un abrazo.

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    1. Tú lo cuentas muy bien, Tatum, es exactamente así. Hace falta ser muy maduro y muy valiente (cosa no muy habitual en los tiempos que corren) para decir: sí, lo hice yo (o lo voy a hacer, o lo quiero hacer) y asumo todas las consecuencias.
      Hace un tiempo oí una entrevista radiofónica a un juez, en la que explicaba que en España (no se si en el resto del mundo también) no hay ningún culpable. Que aunque se presenten pruebas evidentísimas de su delito, los acusados se inventan las cosas más esperpénticas para seguir negándolo, aún sabiendo que no les va a servir de nada.
      Y si, todos hemos culpado alguna vez a quién no se lo merecía, pero la cuestión es reconocerlo y trabajar para no seguir sentados en la mesita de los donuts acusando con el dedito al de enfrente.
      Muchas gracias a ti por escribir. Besos!

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  2. Enhorabuena por sus artículos y por su trabajo Dra. me han ayudado. Muchas gracias. Un abrazo desde Londres.

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  3. Bueno, yo en esto veo dos extremos. Por un lado el acusar siempre a otros. Y por otro el no acusar a otros cuando sí son los responsables, que esto también pasa. Y aquí no puedo dejar de pensar en los afectados por padres tóxicos / mobbing familiar a quienes se les / nos prohíbe siempre señalar a los responsables reales del problema. Por supuesto que uno debe responsabilizarse madura y conscientemente de resolver sus propios problemas pero en algunos casos para eso primero hace falta haber salido del lavado de cerebro familiar y luego también señalar a los culpables reales del mismo. Me parece que eso forma parte del proceso de sacar la mierda a la luz y de asignar a cada cual (responsables directos, testigos mudos, etc.) su responsabilidad real en la historia. Obviamente este comentario no es una crítica a tu entrada, Olga, (ya que sé, o creo, que compartimos similares planteamientos) sino, si acaso, una aportación extra al mismo. Un abrazo. Neo.

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