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jueves, 24 de noviembre de 2016

Acoso callejero (sin ideología)

Todas las mujeres, en mayor o menor medida, hemos vivido la desagradable (y a veces intimidante) situación de ser interpeladas, agobiadas o perseguidas por cierto tipo de hombres, cuya actitud es claramente invasiva, irrespetuosa e incluso agresiva. Es decir, violenta. Ello nos dificulta a menudo el hacer cosas tan normales y cotidianas como, por ejemplo, pasear a solas por la calle, por un parque, sentarnos en la terraza de un bar, ir sin compañía al cine o el teatro, etc.

Y esto no sucede sólo en zonas que pudiéramos considerar “atrasadas”, sino en ciudades perfectamente modernas y cosmopolitas. Como Barcelona, ciudad en la que vivo y donde sufro casi continuamente este tipo de abusos. Maxime Gaudet lo ha mostrado muy bien en este cortometraje en el que se ve lo que una chica tiene que soportar, lo que siente cuando vuelve a casa sola de noche:

Todas las consignas y denuncias de las políticas de género no parecen estar frenando el problema. A menudo me pregunto, incluso, si no estarán contribuyendo a aumentarlo. Por supuesto, sólo en determinado tipo de hombres. Ahora bien, ¿qué clase de hombres son estos?

Lo primero que debemos hacer para entenderlo es intentar comprender psicológicamente el asunto. ¿Qué es el acoso callejero? Es una invasión verbal y/o física del espacio vital del otro. Es un acto violento, como si tirásemos abajo la puerta del vecino y nos metiéramos en su casa sin su permiso. Pero ¿qué puede impulsar a ciertos hombres a hacer tal cosa? Además de condenar sus conductas, es absolutamente preciso descifrarlas.

Sabemos que cualquier persona (en este caso, varón) que haya sido criado por una madre afectuosa y con la que, por tanto, ha aprendido a vincularse, a respetar y amar, jamás traspasará con violencia el espacio vital de otra mujer. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Para qué? Ama a las mujeres, está en paz consigo mismo, puede relacionarse con ellas natural y respetuosamente en cualquier momento. Además, teme el desprecio de los demás, necesita el amor de los demás, e incluso necesita su propia autoestima y dignidad para ser feliz. ¿Por qué iba a tirar todo ello por la borda agrediendo a cualquier desconocida por la calle?

En cambio, sabemos que cualquier persona (en este caso, hombre) cuya madre sea particularmente nociva, traumática, carente de cualquier afecto positivo hacia su hijo, aprenderá durante años a temerla, despreciarla, aborrecerla. Pero expresarlo le estará radicalmente prohibido. Por tanto, su visión de las mujeres se alterará rápidamente. Aprenderá (sin darse cuenta) a ser misógino, machista. Compensará sus terribles sentimientos de desamparo, inseguridad y rabia con actitudes ambivalentes. A veces se someterá, pero otras muchas se mostrará arrogante y violento. Despreciará y maltratará a sus primeras novias. Lo reducirá todo a sexo, presumirá ante sus amigos de sus proezas sexuales. Se jactará de lo macho y listo que es comparado con esas “estúpidas” mujeres, esos objetos sexuales, esas “zorras” de usar y tirar, esas “tías” odiosas... como su madre. Y, naturalmente, cuanto más graves e inconscientes sean sus conflictos con ésta, más violenta será su misoginia.

No, los acosadores callejeros no son el fruto de ningún “patriarcado” u otros mitos feministas y/o políticos. Son las víctimas directas del maltrato de una mujer. Y su machismo no es más que su venganza inconsciente. El acoso callejero es, en otras palabras, un síntoma neurótico derivado de determinadas situaciones infantiles y familiares.

Los abusos “machistas” de muchos hombres, lo mismo que el odio “misándrico” de muchas mujeres, el bullying, las agresiones de todo tipo, las adicciones, el maltrato a niños y animales, la depresión, el suicidio y demás trastornos emocionales y de personalidad, son frutos neuróticos de la violencia familiar (y, en un segundo nivel, también social). Por eso, pese a su alarmante proliferación, la única manera de reducirlos es, en mi opinión y como no me cansaré nunca de repetir, cambiando radicalmente nuestras formas de entender, amar y criar a nuestros hijos.

No hay otra manera.

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