lunes, 4 de enero de 2016

La ansiedad

La sociedad trata la ansiedad (y demás síntomas neuróticos) como si fuese una enfermedad, pero ¿cuál es su tratamiento? La contención conductual o química. Sería el equivalente a sufrir una fortísima alergia nasal y que el médico nos recetase... ¡una pinza para la nariz! Pocos hablan, en cambio, de la ansiedad como el retorno de las emociones reprimidas. Como las "fumarolas" de enormes tensiones -de tipo diverso- que escondemos en nuestro interior sin atrevernos a reconocerlas ni expresarlas. Esto es precisamente, en mi opinión, la ansiedad.

Somos, sin duda alguna, volcanes emocionales cuyos mares de lava desconocemos. La lava se ha ido formando y acumulando desde que éramos niños a base de desamores y maltratos, y sólo manifestamos una pequeñísima parte de su contenido. El resto sale inconteniblemente al exterior en forma de ansiedades, tristezas, miedos, pesadillas... Cuando no podemos aceptar nuestros verdaderos sentimientos; cuando no queremos reconocernos como seres vulnerables y heridos, en conflicto con el mundo, comienza la ansiedad en cualquiera de sus variantes (generalizada, psicosomática, obsesiva, etc.).

Por ejemplo, quizá nunca logramos mostrarnos como somos. Tal vez no nos atrevemos a expresar nuestras penas, alegrías, miedos, enfados o deseos. O no nos decidimos a afrontar nuestros conflictos con la familia, el trabajo, la pareja, los hijos... Quizá nuestra vida es demasiado aburrida o equivocada. O no hacemos nada por placer, sino sólo fingiendo lo que no sentimos, lo que no pensamos, lo que no somos... Quizá siempre estamos a punto de "explotar"...

Una cosa es cierta: cuando perdemos el miedo a ser como somos, y/o tenemos la suerte de encontrar a alguien (amigo, pareja, terapeuta) que nos permita serlo, entonces nuestras ansiedades comienzan a reducirse rápidamente. Nuestro volcán se apacigua. Ya no ruge sordamente en nuestras entrañas.... Y podemos ¡por fin! comenzar a vivir en paz.

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