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viernes, 8 de noviembre de 2013

Depresión: el hambre oculta

La psiquiatría describe la depresión como un trastormo caracterizado por una serie de síntomas: p.ej., tristeza, disminución del interés o la capacidad de placer, pérdida de energía, sentimientos de inutilidad o culpa, pensamientos de muerte, etc. Muy bien. Pero ¿cuál es su origen? ¿Cómo llega una persona a un estado duradero -o incluso crónico- de depresión. Para saberlo, es indispensable conocer la vida de la persona en los últimos años e incluso remontarse a su infancia si es necesario.

Sabemos que, lo mismo que el cuerpo necesita aire y comida, el alimento del corazón es el amor. Ya el psicólogo americano René Spitz, observando hospitales y orfanatos, demostró que los bebés privados de sus madres al principio lloran, gritan y se angustian. Más tarde aparece la resignación, la tristeza, la negativa a comer. Y si la ausencia de la madre dura aún más, si nadie suple afectivamente a la madre, entonces llega la interrupción del lenguaje y del desarrollo físico, la regresión generalizada, la disminución de la resistencia a las enfermedades. Es la depresión anaclítica. Y muchos mueren finalmente.

Así de importante es el amor en el desarrollo humano.

Por eso, en mi opinión, la depresión, o la tendencia a deprimirse, es la mayoría de las veces el resultado de un vacío, un "hambre emocional" largamente acumulada durante años. Luego pueden haber detonantes (p.ej, ruinas económicas, fracasos amorosos, muertes de seres queridos, etc.). Y hay también tipos de personalidad que ayudan (p.ej., personas muy bloqueadas emocionalmente, o llenas de ira, o muy solitarias o insatisfechas con la vida que llevan, etc.). Pero el hambre insoportable, sobre todo cuando ésta ya es muy antigua, es la que finalmente "derrumba" nuestro psiquismo.

Un problema del deprimido es que, para no sufrir aún más, tiende a negarlo todo. Necesita "olvidar" la mayoría de sus insatisfacciones secretas... comenzando por sus propios padres. No quiere ver que quizá nunca lo quisieron demasiado, ni su cónyuge lo quiere demasiado, ni sus hijos lo quieren demasiado, ni sus amigos (si los tiene) son tan buenos como imagina... ¡Y ni siquiera su psicólogo/a es muy comprensivo/a! De modo que si, ni el deprimido ni quienes le rodean han captado su hambre emocional, ¿cómo atinarán a "alimentarlo" con lo que verdaderamente necesita?

"La depresión o el arte de embaucarse", afirmó Alice Miller. El deprimido es, en efecto, como todo neurótico, un gran mentiroso. Se engaña a sí mismo y a los demás, y éstos comparten sin dudarlo todas sus mentiras. Mentiras para no sufrir aún más, no lo olvidemos. Por eso, en mi opinión, la única terapia posible para la persona deprimida es acogerla y alentarla a expresarse. Ayudarla a descargar sus más íntimas emociones... esas que jamás compartió con nadie.  No es fácil, pues también es cierto que la depresión, como todo síntoma neurótico, tiene sus secretos "beneficios" (p.ej., gracias a ella el deprimido obtiene atención, cuidado, cariño.... todo aquello que no suele lograr de otras formas). Pero también sufre muchos rechazos inconscientes, como, p.ej.,  siempre que se le dicen tonterías como "¡Anímate!", "¡No es para tanto!", "¡Tienes que salir más!", etc. Esto le hace sentirse profundamente incomprendido y le ayuda a cronificar el síntoma.

Sólo, en fin, cuando un terapeuta afectuoso es capaz de transmitir empatía y confianza al deprimido, éste se atreverá a ir saliendo poco a poco de su "caparazón" emocional. Requiere tiempo y paciencia y los resultados, según cada caso, quizá no sean milagrosos. Pero sí pueden ser mucho más saludables  y felices que antes.

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