lunes, 4 de marzo de 2013

Hambre de amor

Una madre y su bebé de unos diez meses viajan en tren. La mujer, totalmente ausente, mira distraídamente en todas direcciones... excepto a su hijo. Él, sentado en su cochecito, intenta llamar su atención: le agarra el pantalón, se revuelve, da grititos, busca su rostro... Ella no hace ningún caso. El bebé aumenta sus protestas hasta que, desesperado, tira la galleta que estaba comiendo. Sólo entonces consigue la atención de su madre, que grita furiosa:

- ¡Mira que te portas mal! ¡Mira que eres malo! -mientras le limpia con brusquedad las babas y le recoloca el suéter de muy mala gana.

Éste es un caso real. Como muchísimos. Un ejemplo cualquiera entre millones de niños que, como niños que son, sólo aspiran a ser atendidos, a que les hagan caso, a ser queridos. Y su hambre de amor es tanta y tan desesperada, que ni siquiera les importa ser tratados a gritos, a empujones, a golpes... Aunque en su corazón el amor quede asociado para siempre al dolor. Aunque, por eso mismo, en adelante siempre busquen los afectos a través del conflicto.... O queden marcados con toda clase de heridas internas.

Es algo evidente... Pero desgraciadamente muchos padres, psicólogos infantiles e incluso terapeutas de adultos parecen ignorarlo. Se limitan a culpar a sus pacientes de los síntomas que sufren: "este chaval es inconstante, este joven es agresivo, esta mujer no respeta a nadie, este hombre es insoportable..." Así la desesperación de millones de seres humanos, que sólo buscan inconscientemente llamar la atención, ser atendidos, ser apreciados, jamás es reconocida... Y por eso no mejorarán jamás. Es un bucle sin fin. Y todo el mundo dice estar muy "preocupado" e incluso pueden buscar la intervención, "por su propio bien", de los psiquiatras o la Policía.

Y es que nadie quiere saber. Se da por supuesto que todos los padres, por el mero hecho de serlo, tienen la razón. Por eso se culpa a la víctima y la mayor parte de la Psicología se reduce a meras técnicas de domesticación. Ayudar a las personas a ser más libres y felices no está entre sus metas. Calmar su hambre de amor no es su objetivo. Lo que importa es forzarlos para que lleguen a "portarse bien", a no dar problemas, a no molestar a los padres, ni a la sociedad. "Tus sentimientos, tus necesidades, tus sufrimientos no interesan. ¡Limítate a ser como esperamos que seas!".

Todos los síntomas neuróticos (ansiedad, depresión, adicciones, obsesiones, problemas de personalidad...) son variantes de este hambre de amor básica. Son el lenguaje de la desesperación. Sus víctimas están gritando al mundo el fracaso integral de su familia; el inmenso abandono y maltrato que han sufrido (y siguen sufriendo). Pero el mundo entero mira hacia otro lado. Por eso, millones de niños pequeños y también millones de adultos siguen esperando durante décadas que por fin alguien les preste atención, les valore, les respete, les acoja, los tranquilice... como debieron haberlo hecho unos buenos padres que jamás tuvieron.

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